martes, 14 de julio de 2015

En el abismo de la locura: Un Tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams






     Título: Un Tranvía llamado Deseo.
Autor: Tennessee Williams.
Año de publicación original: 1947.
Editorial: Alba Editorial (2007).
Páginas: 261 (incluye otra obra, El Zoo de Cristal).


Después de tres largos  meses de ausencia, regreso. Pido perdón por haber dejado de lado esta página durante tanto tiempo, pero los últimos meses de la universidad me han tenido requeteocupado y la actualización continua del blog me suponía una dedicación que, entonces, no podía permitirme. Pero eso ya se ha acabado y ahora, por fin, puedo reemprender este proyecto nuevamente. Así que, sin más dilación, ahí va la nueva reseña:

Un tranvía llamado deseo constituye el mayor mérito dramatúrgico de Tennessee Williams, autor estadounidense del siglo XX. La obra fue adaptada de una forma magistral tanto en Brodway como en el cine e incluso ha contado con ciertos guiños o referencias bastante extensas en múltiples formatos actuales (Los Simpson, Big Bang Theory, Modern Family) debido al encanto y a la atracción que el texto de Williams despierta alrededor del mundo.

Stanley y Blanch en la película.

En Un tranvía llamado deseo nos encontramos una excelente coexistencia de todas las corrientes iniciales del siglo XX, a saber: el realismo-naturalismo decimonónico que todavía persistía y que Williams decide plasmar con la recreación de las clases bajas y proletarias de Nueva Orleans, protagonistas de la obra. A ello se le unen el simbolismo decadentista alemán y el expresionismo para configurar un retrato no solo físico, sino interior, de todos los personajes de la obra, aspecto esencial en Blanch y Stanley, en quienes se reflejan excelentemente esta tríada estética.


Tennessee Williams
La premisa de la obra de Williams consiste en mostrarnos a nosotros, como lectores y espectadores, la lenta decadencia física, mental y moral de la protagonista, Blanch DuBois, una mujer reprimida que no vive su deseo y que tomará un tranvía hacia Nueva Orleans en busca de su hermana Stella, quien, al contrario que Blanch, brilla con luz propia y se convierte en un faro que atrae a la propia Blanch que, cual polilla, se encamina hacia allí sin pensárselo dos veces con la esperanza de poder realizarse y de dejarse llevar, al final, por su deseo. No obstante, Blanch se topará con un enorme obstáculo con el que no esperaba tener que combatir: Stanley, el marido de Stella. Entre ambos nace una relación antagónica desde el primer segundo, además de un vínculo protagónico al ser los dos personajes más resaltables de toda la obra.



Marge y Ned Flanders como Blanch y Stanley.
El texto de Williams, inscrito profundamente en la modernidad, deja de lado la división por actos y se queda solo con las escenas −a pesar de que en varias de las ediciones actuales exista esa partición, fruto de los editores del momento− y pretende mostrarnos un juego de espejos llevado hasta el extremo, mostrándonos la cruda realidad que encarna Stanley, ideología totalmente opuesta a la idealista y romántica de Blanch, la cual, muy a su pesar, ya no tiene cabida en este mundo. Williams nos ofrece un mosaico de personajes de lo más variopinto, denunciando varios factores sociales como el machismo, el maltrato femenino, la homofobia −aspecto muy censurado en algunas versiones de las primeras representaciones al ser considerado el tema más «polémico»− la insatisfacción sexual o la locura, mostrándonos el trato que podían sufrir las personas que se relacionasen estrechamente con estas características. Gracias al simbolismo, el dramaturgo americano consigue ocultar entre las líneas de su obra todos estos mensajes solamente perceptibles a primera vista para aquellos conocedores de las enseñanzas de las tres corrientes intelectuales y estéticas que él mismo emplea para la construcción de su mundo que no es más que un reflejo de la triste realidad de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Sin duda alguna su lectura no solo resulta entretenida, sino que, además, nos permite ser testigos de cómo se construye una obra maestra que sabe aprovechar todas las influencias de su tiempo y plasmarla de una forma puramente exquisita pues, no en vano, Williams ganó el Pulitzer en la categoría de Drama gracias a su creación y la adaptación del músical de Brodway (1947-1949) con Marlon Brando y Jessica Tandy en los papeles de Stanley y Blanch así como la película de 1951 constituyen dos grandes clásicos en su género, obteniendo varias candidaturas a distintos premios (Tony’s, Oscars) llegando incluso a ganar algunos de ellos. Sin duda, todo amante del teatro y de las corrientes artístico-literarias del siglo XX debería aventurarse con el mayor logro de Williams, pues su lectura, desde luego, no dejará indiferente a nadie.

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