domingo, 26 de julio de 2015

Cayendo desde lo alto: "El abrazo de las tinieblas" ("La caída de los reinos 3") de Morgan Rhodes.

      


Título: El abrazo de las tinieblas (La caída de los reinos 3).
Autora: Morgan Rhodes.
Año: 2015.
Editorial: SM.
Páginas: 448.



Los buenos comienzos siempre pueden tomar rumbos distintos: algunos prosiguen por el mismo camino, sin perder fuelle y sin arriesgar para continuar ascendiendo. Otros mejoran considerablemente, creando una especie de escalera en la que cada volumen, parte o incluso las páginas son mejores con solo pasarlas y otros, lamentablemente, se desmoronan. Este, muy a mi pesar, es el que yo aplico a esta terca parte de la saga de La caída de los reinos.

En la reseña anterior que realicé de esta serie, correspondiente a los dos primeros volúmenes, proferí una serie de elogios, alabando a algunos de los personajes y a la excelente ambientación que Rhodes, la autora, consigue en estos libros. La ambientación, el entorno o como queráis llamarlo, sigue siendo el mismo y funciona, Mytica es un lugar que ofrece muchas posibilidades, pero en este volumen, en mi opinión, toda la genialidad de la primera y la segunda parte se viene abajo. El por qué es muy simple y procederé a relatarlo sin hacer ningún tipo de spoilers:

Rhodes.
Si bien es cierto que la trama de los vástagos al fin evoluciona algo y empezamos a ver cosas de ellos y sobre los efectos que estos tienen en Mytica, la impresionante similitud que roza, en mi opinión bastante sospechosa, con los dos primeros títulos de Golden Sun, se hace considerable y en mi cabeza se reiteraba constantemente la expresión “menuda copia”, lo que, además, supone otro problema, pues el hecho de intentar parecerse en extremo a estos juegos de la empresa Camelot le pasa factura pues, evidentemente, Golden Sun es infinitamente superior en todas sus características. Pero en fin, ese no es el problema, no señor. El fallo está en los personajes.

En las dos entregas anteriores Rhodes construía bastante bien a los personajes más importantes −Jonás, Cleo, Magnus, Lucía, Alexius, Gaius, Melenia, Lyssandra o Nic− pero en este tomo, a mi parecer, sus personalidades y sus evoluciones psicológicas experimentan una caída, irónicamente, bastante extraña y desagradable. Los que salen peor parados son Cleo, Magnus, Jonás y, en menor medida, Lyssandra. Es cierto que el hecho de que mi personaje favorito, Jonás, salga poco en esta parte, contribuye a mi enfado, pero él ya se lució mucho en el libro anterior y en esta ocasión tocaba prestarle atención a Lucía, que en La primavera de los rebeldes era más bien una remora que no pintaba nada a pesar de la importancia de su personaje sobre la trama. Lucía se desarrolla muy bien en esta ocasión y es, junto con Cleo, la que más sale, seguidas muy de cerca por Magnus. Pero estos dos últimos, junto con Jonás, experimentan ciertos cambios tanto en sus objetivos como en los planos psicológicos y sentimentales que me desagradaron muchísimo, pues no me creo, ni por asomo, lo que Rhodes pretende contarnos. Estos cambios tan drásticos no se ajustan al argumento y resultan demasiado forzados, aspecto que se percibe tremendamente al notar estas diferencias de una página a otra, sin apenas espacio para el desarrollo. Estos cambios introducidos no contribuyen a mejorar la calidad de la saga, que parecía que tomaba la forma de escalera en cuanto a mejora −pues el segundo superaba al primero y, siguiendo el esquema del inicio, este podía haber sido mejor que su predecesor pero aquí el edificio se derrumba por completo. El abrazo de las tinieblas se convierte, con todo, en el volumen más flojo de los tres.

Cleo y Jonás (se supone).


Con respecto a los nuevos personajes introducidos, Rhodes sí consigue lucirse con algunos. Ashur ya aparecía en la segunda parte, pero aquí le vemos más a fondo junto a su hermana Amara. Ambos salen bastante y despiertan curiosidad, pues, como lector, te transmiten sensaciones contradictorias: parecen amables y simpáticos, pero está claro que ocultan algo y en parte desprenden cierta amenaza. Junto a ellos, se introduce a Félix, personaje que a mí en lo personal no me dice demasiado, a pesar de que da un giro interesante hacia el final, final en el que veremos a otro personaje −que es quien abre, por cierto, la novela− que sí consigue captar el interés en demasía. En la siguiente parte habrá que ver de lo qué es capaz.

Otro aspecto a considerar y que a mí me disgustó es el enterarme de que la saga, que en un principio iba a estar formada por cuatro tomos, siendo este el penúltimo, resulta que al final se alargará hasta seis, craso error en mi opinión, pues, después de las meteduras de pata y los elementos forzados que tienen lugar en esta tercera parte, no me hace especial ilusión ver el desarrollo de dichos aspectos que no me han gustado para nada, por extenso. No estoy muy seguro de que la historia pueda dar lugar a seis volúmenes, aunque teniendo en cuenta el tiempo que Rhodes se ha tomado para enseñarnos a los vástagos, la posibilidad se convierte en certera, aunque no me agrada. Compraré y leeré el cuarto, esperando que la cosa mejore, aunque temo la existencia de esas hipotéticas partes cinco y seis que espero, por favor, que no salgan y que todo concluya en el cuarto libro, tal y como estaba previsto.


El abrazo de la oscuridad no ha logrado cumplir las enormes expectativas que tenía puestas en él, sobre todo después del excelente sabor de boca que me dejó el primero y, en especial, el segundo. Veremos, el año que viene, si Rhodes consigue en Frozen Tides, la cuarta novela, arreglar todos estos errores que me han impedido, en más de una ocasión, gozar de la lectura.

Portada del próximo título revelada. ¿Lucía?

martes, 14 de julio de 2015

En el abismo de la locura: Un Tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams






     Título: Un Tranvía llamado Deseo.
Autor: Tennessee Williams.
Año de publicación original: 1947.
Editorial: Alba Editorial (2007).
Páginas: 261 (incluye otra obra, El Zoo de Cristal).


Después de tres largos  meses de ausencia, regreso. Pido perdón por haber dejado de lado esta página durante tanto tiempo, pero los últimos meses de la universidad me han tenido requeteocupado y la actualización continua del blog me suponía una dedicación que, entonces, no podía permitirme. Pero eso ya se ha acabado y ahora, por fin, puedo reemprender este proyecto nuevamente. Así que, sin más dilación, ahí va la nueva reseña:

Un tranvía llamado deseo constituye el mayor mérito dramatúrgico de Tennessee Williams, autor estadounidense del siglo XX. La obra fue adaptada de una forma magistral tanto en Brodway como en el cine e incluso ha contado con ciertos guiños o referencias bastante extensas en múltiples formatos actuales (Los Simpson, Big Bang Theory, Modern Family) debido al encanto y a la atracción que el texto de Williams despierta alrededor del mundo.

Stanley y Blanch en la película.

En Un tranvía llamado deseo nos encontramos una excelente coexistencia de todas las corrientes iniciales del siglo XX, a saber: el realismo-naturalismo decimonónico que todavía persistía y que Williams decide plasmar con la recreación de las clases bajas y proletarias de Nueva Orleans, protagonistas de la obra. A ello se le unen el simbolismo decadentista alemán y el expresionismo para configurar un retrato no solo físico, sino interior, de todos los personajes de la obra, aspecto esencial en Blanch y Stanley, en quienes se reflejan excelentemente esta tríada estética.


Tennessee Williams
La premisa de la obra de Williams consiste en mostrarnos a nosotros, como lectores y espectadores, la lenta decadencia física, mental y moral de la protagonista, Blanch DuBois, una mujer reprimida que no vive su deseo y que tomará un tranvía hacia Nueva Orleans en busca de su hermana Stella, quien, al contrario que Blanch, brilla con luz propia y se convierte en un faro que atrae a la propia Blanch que, cual polilla, se encamina hacia allí sin pensárselo dos veces con la esperanza de poder realizarse y de dejarse llevar, al final, por su deseo. No obstante, Blanch se topará con un enorme obstáculo con el que no esperaba tener que combatir: Stanley, el marido de Stella. Entre ambos nace una relación antagónica desde el primer segundo, además de un vínculo protagónico al ser los dos personajes más resaltables de toda la obra.



Marge y Ned Flanders como Blanch y Stanley.
El texto de Williams, inscrito profundamente en la modernidad, deja de lado la división por actos y se queda solo con las escenas −a pesar de que en varias de las ediciones actuales exista esa partición, fruto de los editores del momento− y pretende mostrarnos un juego de espejos llevado hasta el extremo, mostrándonos la cruda realidad que encarna Stanley, ideología totalmente opuesta a la idealista y romántica de Blanch, la cual, muy a su pesar, ya no tiene cabida en este mundo. Williams nos ofrece un mosaico de personajes de lo más variopinto, denunciando varios factores sociales como el machismo, el maltrato femenino, la homofobia −aspecto muy censurado en algunas versiones de las primeras representaciones al ser considerado el tema más «polémico»− la insatisfacción sexual o la locura, mostrándonos el trato que podían sufrir las personas que se relacionasen estrechamente con estas características. Gracias al simbolismo, el dramaturgo americano consigue ocultar entre las líneas de su obra todos estos mensajes solamente perceptibles a primera vista para aquellos conocedores de las enseñanzas de las tres corrientes intelectuales y estéticas que él mismo emplea para la construcción de su mundo que no es más que un reflejo de la triste realidad de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Sin duda alguna su lectura no solo resulta entretenida, sino que, además, nos permite ser testigos de cómo se construye una obra maestra que sabe aprovechar todas las influencias de su tiempo y plasmarla de una forma puramente exquisita pues, no en vano, Williams ganó el Pulitzer en la categoría de Drama gracias a su creación y la adaptación del músical de Brodway (1947-1949) con Marlon Brando y Jessica Tandy en los papeles de Stanley y Blanch así como la película de 1951 constituyen dos grandes clásicos en su género, obteniendo varias candidaturas a distintos premios (Tony’s, Oscars) llegando incluso a ganar algunos de ellos. Sin duda, todo amante del teatro y de las corrientes artístico-literarias del siglo XX debería aventurarse con el mayor logro de Williams, pues su lectura, desde luego, no dejará indiferente a nadie.